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Julian Sierra nació en Lugo en 1991, en una ciudad donde el pulso de la música electrónica llegaba con cuentagotas pero con una intensidad particular. Criado en el noroeste gallego, lejos de los epicentros de la escena española, Sierra desarrolló desde adolescente una relación casi obsesiva con el sonido: compraba discos de importación en las pocas tiendas especializadas que sobrevivían en la ciudad, grababas mezclas en cassette y pasaba horas absorbiendo las transmisiones piratas de radios que llegaban de ciudades como Madrid o Berlín.
Su iniciación detrás de los platos fue autodidacta y modesta. Con diecisiete años ya mezclaba en fiestas de barrio con un par de Technics prestadas; con diecinueve había cruzado la frontera hacia Vigo y A Coruña, tocando en salas pequeñas donde el público era poco pero la exigencia era alta. Fue en esos años donde Sierra forjó algo que más tarde se convertiría en su sello distintivo: la capacidad de leer un dancefloor con paciencia quirúrgica, construir tensión de forma casi invisible y liberar la energía en el momento exacto.
Del noroeste a la escena nacional
El salto definitivo llegó en 2014, cuando Sierra se mudó a Barcelona. La ciudad, con su ecosistema de clubs, productores y colectivos, le ofreció el marco que Lugo no podía darle. En menos de dos años ya era residente en una sala del barrio del Poblenou, un club de aforo mediano pero con una de las pistas de baile más respetadas de la ciudad. Su set de apertura en una de las noches del ciclo Hinterland le valió la atención de varios promotores europeos que buscaban nombres frescos para sus lineups de temporada.
Su sonido por entonces ya mostraba las coordenadas que lo definen: tech house de pulso profundo y orgánico, influenciado por la escuela británica —Jamie Jones, Lee Foss, los primeros tiempos de Hot Creations— pero con un carácter más oscuro, más europeo, que lo alejaba del lado más comercial del género. A medida que su carrera avanzó, el techno fue ganando protagonismo en sus sets: primero como herramienta de cierre, después como lenguaje propio. Sierra no abandonó nunca el groove, pero añadió capas de dureza industrial y elementos de minimal que dotaron a su propuesta de una coherencia poco común.
Producción: el laboratorio como segundo idioma
Sierra no es sólo un DJ. Su faceta como productor, aunque desarrollada con más discreción que su carrera en sala, ha sido decisiva para su proyección internacional. Sus primeros lanzamientos llegaron en 2016 bajo el pseudónimo SIR en un pequeño netlabel barcelonés, con dos EPs de ambient techno que circularon con discreción pero le abrieron conversaciones con A&Rs de sellos más establecidos.
En 2018 firmó con Rawform Records, un sello berlinés de corte industrial techno, donde publicó el EP Escoria, un trabajo de cuatro tracks que combinaba percusiones de ascendencia gabber con texturas ambientales de clara influencia gallega —grabaciones de campo del litoral atlántico, viento entre eucaliptos, lluvia sobre piedra. La crítica especializada lo recibió con entusiasmo. Resident Advisor lo calificó como "uno de los debuts más honestos del año en la escena techno europea."
Desde entonces, Sierra ha publicado de forma periódica —nunca frenética— en sellos como Rotorvane (UK), Subzero Ibérica y su propio imprint, Pedra, lanzado en 2021. Este último nació con una vocación clara: dar salida a producciones demasiado largas, demasiado atmosféricas o demasiado raras para el mercado convencional. Pedra se ha convertido en una pequeña referencia dentro de los círculos más experimentales del techno español, con cuatro releases al año y una estética visual deliberadamente analógica.
El directo como ritual
Quienes han visto a Julian Sierra en cabina coinciden en una misma descripción: concentración total, cero espectáculo, música absoluta. No es un showman. No gesticula. No mira al público con frecuencia. Pero su manera de conducir un set —especialmente en los b2b que ha protagonizado con artistas como Kora Veld (Amsterdam) o Marta Solà (Barcelona)— genera una comunión rara, esa sensación de que el tiempo se dobla y el dancefloor respira al mismo ritmo.
Sus actuaciones más memorables incluyen un closing de cuatro horas en el Tresor de Berlín en 2019, considerado por los asistentes como uno de los mejores sets de esa temporada en la sala; una aparición sorpresa en el Sónar de Barcelona en 2022 dentro de un showcase de Pedra Records; y una sesión en el Razzmatazz durante el festival de apertura de temporada que circuló profusamente en grabaciones no oficiales hasta alcanzar decenas de miles de reproducciones en SoundCloud.
Raíces y futuro
Sierra no ha renegado de sus orígenes. Vuelve con frecuencia a Galicia, donde colabora con el colectivo Brétema —uno de los pocos proyectos que mantiene viva la escena electrónica underground en ciudades del interior gallego— y ha protagonizado varias ediciones del festival Costa de Morte Electronik, un evento al aire libre que combina música y paisaje en uno de los tramos más abruptos de la costa atlántica española.
En 2024 anunció su primer LP, titulado provisionalmente Granito, previsto para principios de 2025 en Pedra Records. Según Sierra en una de sus escasas entrevistas, el disco intentará explorar "el tiempo geológico como concepto musical: estructuras que cambian tan despacio que casi no lo notas, pero que cuando miras atrás ya no reconoces de dónde partiste."
Julian Sierra es, en definitiva, un artista de escena lenta y carrera construida track a track, bolo a bolo, con la disciplina de quien sabe que la música electrónica que perdura no se hace con ruido sino con criterio. Julian Sierra nació en Lugo en 1991, en una ciudad donde el pulso de la música electrónica llegaba con cuentagotas pero con una intensidad particular. Criado en el noroeste gallego, lejos de los epicentros de la escena española, Sierra desarrolló desde adolescente una relación casi obsesiva con el sonido: compraba discos de importación en las pocas tiendas especializadas que sobrevivían en la ciudad, grababas mezclas en cassette y pasaba horas absorbiendo las transmisiones piratas de radios que llegaban de ciudades como Madrid o Berlín.
Su iniciación detrás de los platos fue autodidacta y modesta. Con diecisiete años ya mezclaba en fiestas de barrio con un par de Technics prestadas; con diecinueve había cruzado la frontera hacia Vigo y A Coruña, tocando en salas pequeñas donde el público era poco pero la exigencia era alta. Fue en esos años donde Sierra forjó algo que más tarde se convertiría en su sello distintivo: la capacidad de leer un dancefloor con paciencia quirúrgica, construir tensión de forma casi invisible y liberar la energía en el momento exacto.
Del noroeste a la escena nacional
El salto definitivo llegó en 2014, cuando Sierra se mudó a Barcelona. La ciudad, con su ecosistema de clubs, productores y colectivos, le ofreció el marco que Lugo no podía darle. En menos de dos años ya era residente en una sala del barrio del Poblenou, un club de aforo mediano pero con una de las pistas de baile más respetadas de la ciudad. Su set de apertura en una de las noches del ciclo Hinterland le valió la atención de varios promotores europeos que buscaban nombres frescos para sus lineups de temporada.
Su sonido por entonces ya mostraba las coordenadas que lo definen: tech house de pulso profundo y orgánico, influenciado por la escuela británica —Jamie Jones, Lee Foss, los primeros tiempos de Hot Creations— pero con un carácter más oscuro, más europeo, que lo alejaba del lado más comercial del género. A medida que su carrera avanzó, el techno fue ganando protagonismo en sus sets: primero como herramienta de cierre, después como lenguaje propio. Sierra no abandonó nunca el groove, pero añadió capas de dureza industrial y elementos de minimal que dotaron a su propuesta de una coherencia poco común.
Producción: el laboratorio como segundo idioma
Sierra no es sólo un DJ. Su faceta como productor, aunque desarrollada con más discreción que su carrera en sala, ha sido decisiva para su proyección internacional. Sus primeros lanzamientos llegaron en 2016 bajo el pseudónimo SIR en un pequeño netlabel barcelonés, con dos EPs de ambient techno que circularon con discreción pero le abrieron conversaciones con A&Rs de sellos más establecidos.