Garça Pudenta

barcelona, España Productor

Garça Pudenta, Productor

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Tres café con leche

Todo empezó en una cafetería cualquiera de Valencia, un martes de lluvia. Marc, Elena y Iker se conocían de la universidad, pero llevaban años sin verse hasta que coincidieron por casualidad esa tarde. Marc trabajaba de programador en una empresa que odiaba, Elena diseñaba packaging por encargo, e Iker acababa de dejar un máster de administración de empresas a medias porque, según él, "las clases nunca le enseñaron nada que no pudiera aprender solo".

—¿Y si montamos algo juntos? —soltó Iker, casi de broma, mientras removía el azúcar de su café.

Nadie se rio. Se quedaron en silencio un momento, mirándose, como si los tres hubieran estado esperando esa frase sin saberlo.

La idea nació esa misma noche, garabateada en una servilleta: una app que conectaba a pequeños productores de comida local con restaurantes que buscaban ingredientes frescos sin pasar por intermediarios. Marc podía programarla. Elena podía diseñarla. Iker, con su verborrea imparable, sabía venderla.

Los primeros meses fueron duros. Trabajaban de noche, después de sus otros trabajos, en el salón del piso compartido de Elena. Vivían a base de pizza fría y ánimos prestados. Hubo noches en que Marc quiso tirar la toalla, convencido de que nadie usaría la aplicación. Hubo semanas en que Iker no consiguió una sola reunión con inversores y volvía a casa con la cara larga, aunque siempre fingía optimismo delante de los otros dos.

El primer cliente fue un pequeño restaurante de barrio que aceptó probar la app solo porque el dueño era tío de Elena. Funcionó. El segundo cliente llegó por el boca a boca. Al cabo de seis meses, tenían veinte restaurantes y ocho productores registrados.

No fue un camino de éxito instantáneo ni de titulares espectaculares. Fue lento, terco, hecho de pequeñas victorias: la primera factura pagada, el primer empleado contratado, la primera vez que alguien ajeno a ellos les llamó "emprendedores" sin sorna.

Dos años después, la empresa —a la que finalmente llamaron Raíz— tenía presencia en tres ciudades y un equipo de doce personas. Marc seguía programando, aunque ya no de noche. Elena había contratado a otro diseñador para no ser ella quien apagara los incendios todo el rato. Iker, por fin, tenía las reuniones con inversores que siempre había soñado, aunque ahora las afrontaba con menos verborrea y más datos.

A veces, cuando el trabajo se ponía pesado, volvían a la misma cafetería de aquel martes de lluvia. Pedían tres cafés con leche y se reían recordando lo ingenuos que habían sido al pensar que aquello sería fácil.

No lo había sido. Pero tampoco se habían rendido.

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