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No hay un solo sonido que lo defina porque nunca lo hubo. Desde sus primeras fechas en escenarios pequeños, siempre convivieron dos universos: el que mueve cuerpos con calor latino y el que construye atmósferas desde la oscuridad electrónica. No como experimento. Como instinto.
En poco más de tres años pasó por dos de los clubes más relevantes de Durango— Casa Pila con un sonido mas latino y Xamicalli como referencia en la escena local de electrónica — antes de asentarse como residente en Latitude 37, uno de los clubes más sólidos de Durango. Cada espacio le enseñó algo distinto sobre cómo funciona una pista, y esa escuela se nota.
En Opus Music Festival (Santiago Papasquiaro) demostró lo mismo a otra escala: abrió un año, volvió al siguiente como acto principal del mismo evento. Ante más de 600 personas, con el mismo criterio de siempre — leer el cuarto, entender qué necesita en cada momento, y moverlo con precisión.
Forma parte de Caotic Kollective, colectivo integrado por DJs de la escena regional del norte del país — una red que amplía su alcance más allá de Durango y lo conecta con lo que está pasando en la región.
Eso es lo que conecta sus dos facetas: no el género, sino el oído. La habilidad de saber cuándo la noche pide fuego latino y cuándo pide presión electrónica. Y ejecutarlo sin que se sienta como un cambio de personaje, sino como dos expresiones del mismo artista.
Dos mundos. Un instinto.
